lunes, 29 de junio de 2015

Mud's feet giants

Few months ago, was held in Barcelona the Mobile World Congress, with public and critics success, according to the classic expression. Indeed Internet is revolutionizing the economy, and our lives. But it must be remembered that, along with virtual worlds, the real world coexists, with real problems that come with humanity since the dawn of time.
The gurus of this neo-science that we know as IKT (Information and Knowledge Technologies) are selling the ‘Internet of things’ to us. Today we are nothing without Internet.

Gigantes con los pies de barro

Hace algunos meses se celebró en Barcelona el Mobile World Congress, con éxito de público y crítica, según la expresión ya clásica. Sin duda Internet está revolucionando la economía, además de nuestras vidas. Pero conviene recordar que, junto a los mundos virtuales, coexiste el mundo real, con problemas reales que acompañan a la humanidad desde la noche de los tiempos.
Los gurús de esta neo-ciencia que conocemos por la sigla TIC (Tecnologías de la Información y el Conocimiento) nos están vendiendo el ‘Internet de las cosas’. Hoy ya no eres nadie sin Internet.





¡No olvides comprar leche!

Mud’s feet giants

Few months ago, was held in Barcelona the Mobile World Congress, with public and critics success, according to the classic expression. Indeed Internet is revolutionizing the economy, and our lives. But it must be remembered that, along with virtual worlds, the real world coexists, with real problems that come with humanity since the dawn of time.
The gurus of this neo-science that we know as IKT (Information and Knowledge Technologies) are selling the ‘Internet of things’ to us. Today we are nothing without Internet. Even things to be somewhat need the Internet connectivity, otherwise, what kind of things are, or want to be? Let’s look at an example: in cars we used to assess motor torque depending on the r.p.m. Now that is outdated; new vehicle buyers choose depending on its Internet connection, and its speed (in Kilobytes / second). We look for 3G, 4G, or higher speeds.

The ‘Internet of things’ is also campaigning in favor of the fridge connected to the net of nets. In the cybernetic society there’s no time to control if we run out of our ham turkey supply. Therefore, we need the fridge to be a smart one and thus avoiding breakage of stock by connecting with our supermarket and forwarding the relevant orders.
All this is fantastic and, although we look at it with some hilarity, we think it contributes to the progress of civilization. However, it is desirable not to get intoxicated by technology and relaxing the permanent alertness status.
Going into the preventive field, we admit that the fridge –or industrial cold storage system- connected to the Internet can greatly simplify management, for example, in a food processing industry (a manufacturer of prepared salads, for concreteness), optimizing it for logistics requirements, or others. But what does it serve any food industry to have a cybernetic cold storage system if it stores contaminated products due to poor or inaccurate handling?

Technology (Internet of things) and virtual worlds cannot lead us to forget that some tiny molecular corpuscles (bacteria) have enough power as to make us fall, making clear that, if they stand in our way, they can cut our rush of crazy giants with clay feet. In other words, any food industry that boasts itself will be thoroughly concerned about the healthiness of its product. Both the health of its workers and that of the consumers are at stake due to possible toxic infections. Fixed that aspect, they will always have the Internet of the things as an additional option.

Unarmed in front to bacteria
Bacteria -in its biodiverse variety- kill humans in the real world. The paradigm -recent and pitiless- can be found in the death of Pau, the six years old child, from Olot (Girona - Spain), defeated by diphtheria after his fruitless struggle of a month. We should not forget that bacteria exist and also kill in internet’s times.

Gigantes con los pies de barro

Hace algunos meses se celebró en Barcelona el Mobile World Congress, con éxito de público y crítica, según la expresión ya clásica. Sin duda Internet está revolucionando la economía, además de nuestras vidas. Pero conviene recordar que, junto a los mundos virtuales, coexiste el mundo real, con problemas reales que acompañan a la humanidad desde la noche de los tiempos.
Los gurús de esta neo-ciencia que conocemos por la sigla TIC (Tecnologías de la Información y el Conocimiento) nos están vendiendo el ‘Internet de las cosas’. Hoy ya no eres nadie sin Internet. Incluso, las cosas para ser algo ya necesitan la conectividad con Internet, en caso contrario, ¿qué clase de cosa son, o aspiran a ser? Veamos algún ejemplo: en los coches solíamos valorar el par de giro del motor en función del régimen de revoluciones. Ahora eso está anticuado; los nuevos compradores eligen su vehículo en función de su conexión a Internet, y de su velocidad (en Kilobytes/segundo). Buscamos velocidades 3G, 4G, o superiores.



El ‘Internet de las cosas’ también hace campaña a favor de la nevera conectada a la red de redes. En la sociedad cibernáutica no hay tiempo para mirar si se agotó la provisión de jamón de pavo en nuestra nevera. Por tanto, necesitamos que ésta sea inteligente y evite la rotura de stock conectándose con nuestro supermercado y cursando los pedidos pertinentes.
Todo esto es fantástico y, aunque lo contemplamos con cierta hilaridad, creemos que contribuye al progreso de la civilización. Sin embargo, es deseable que no nos dejemos embriagar por la tecnología y relajemos el estado de alerta permanente.
Entrando en el terreno preventivo, entendemos que la nevera –o cámara frigorífica industrial- conectada a Internet puede simplificar enormemente la gestión, por ejemplo, de una industria de transformación alimentaria (un fabricante de ensaladas preparadas, para mayor concreción), optimizándola para los requerimientos de logística, u otros. Pero, ¿de qué le sirve a cualquier industria alimentaria tener una cámara cibernáutica si ésta almacena productos contaminados debido a una pobre o deficiente manipulación?
La tecnología (Internet de las cosas) y los mundos virtuales no pueden hacernos olvidar que unos minúsculos corpúsculos moleculares (bacterias) tienen poder suficiente para tumbarnos, demostrándonos que, si se cruzan en nuestro camino, pueden truncar nuestra carrera de alocados gigantes con los pies de barro. Dicho de otra manera, toda industria alimentaria que se precie se preocupará exhaustivamente por la salubridad de su producto. La salud de sus trabajadores y la de los consumidores está en juego por las posibles toxiinfecciones. Solucionado ese aspecto, siempre les quedará el Internet de las cosas como una opción más.


Inermes ante las bacterias
Las bacterias –en su variedad bio-diversa- matan seres humanos en el mundo real. El paradigma –reciente y despiadado- lo tenemos en la muerte de Pau, el niño de seis años, de Olot (Girona – Spain), vencido por la difteria después de su lucha infructuosa de un mes. Y es que las bacterias existen, y también matan en los tiempos de internet.

miércoles, 24 de junio de 2015

‘Offshore’: trabajar a destajo con riesgos severos

Las jornadas laborales en las plataformas petrolíferas (Offshore) son extenuantes. Trabajar en una plataforma petrolífera es una actividad intrínsecamente peligrosa para la salud física y la mental por desarrollarse en un entorno hostil.
Cada semana de trabajo debería alternarse con una de descanso, aunque parece que la regulación horaria no va con el trabajo offshore ni las políticas empresariales, donde no se aplica la Directiva Europea sobre Tiempo de Trabajo (2003/88/CE), como denuncian las organizaciones sindicales de diversos países.



En un contexto de vacío legal, cabe destacar el acuerdo que alcanzó el Parlamento Europeo en febrero de 2013 encaminado a crear una Directiva sobre seguridad en plataformas offshore. El asunto no es baladí. Los trabajadores se quejan de que “todo el tiempo en la plataforma es tiempo de trabajo. Puedes encontrarte en la cama, pero debes estar disponible para el trabajo si eres requerido, además debes responder a las alarmas y emergencias. Estás sujeto al control del empresario, y tus 12 horas de descanso no son necesariamente tuyas”.
Según Colin MacFarlane, profesor emérito de la Strathclyde University (Glasgow), “la fatiga, la falta de sueño y los cambios de turnos están sustancialmente relacionados con los accidentes en este trabajo”. 
Compartir espacio de camarote con uno o incluso más colegas supone vivir en el hacinamiento, padecer falta de espacio y, lo que es peor, sufrir perturbaciones del sueño
 Riesgos generales del ‘offshore’
Son riesgos habituales los fenómenos físicos como ruido y vibraciones. La exposición al petróleo crudo y a los productos químicos que lo acompañan puede provocar dermatitis y lesiones de la piel. Existe la posibilidad de exposición aguda y crónica a una gran variedad de materiales y sustancias químicas insalubres:
-Petróleo crudo, gas natural y ácido sulfhídrico durante la perforación y los reventones.
-Metales pesados, benceno y otros contaminantes presentes en el crudo.
-Amianto, formaldehido, ácido clorhídrico y otras sustancias químicas y materiales peligrosos como las sustancias radiactivas naturales.
-Explosión e incendio. Al perforar un pozo petrolífero siempre existe el riesgo de reventón y que se genere una nube de gas y vapor seguida de explosión e incendio. Un incendio fuera de control puede suponer la pérdida de vidas humanas, hundimiento de la plataforma y catástrofe medioambiental.

Proximidad forzosa
Aunque lo más usual es que impere un espíritu de camaradería, la plataforma puede ser un terreno abonado para el ejercicio de la violencia laboral entre trabajadores, o para padecer un demoledor aislamiento en una situación de proximidad forzosa, circunstancia harto paradójica, pero posible cuando no existe una buena relación entre los trabajadores (a menudo de nacionalidades y culturas diferentes).
El tipo de comodidades del espacio personal de los trabajadores y la cantidad-calidad del sueño también son aspectos cruciales. Compartir espacio de camarote con uno o incluso más colegas supone vivir en el hacinamiento, padecer falta de espacio de almacenamiento y –lo que es peor- sufrir perturbaciones del sueño a causa de contingencias comunes como son los ronquidos y la actividad ajena. “Es peor que estar en la cárcel –bromean. No puede subestimarse el estrés al que estamos sometidos. Falta de sueño, alarmas intempestivas y repetidas, batir de puertas. Es difícil acostumbrarse a la falta de privacidad y de comodidad”.

Pese a su frialdad, las plataformas son el hogar de una tripulación mayoritariamente masculina (en torno al 95%). Actualmente no es raro disponer de baño propio, wi-fi, teléfono y televisión, comodidades que hacen más llevadera la estancia en una especie de ‘cárcel flotante’ en medio de la nada oceánica, y donde convenciones de tierra como los horarios, los descansos del fin de semana o las actividades de recreo quedan relativizadas por imperativos del trabajo.

'Offshore': trabajar a destajo con riesgos severos

Las jornadas laborales en las plataformas petrolíferas (Offshore) son extenuantes. Trabajar en una plataforma petrolífera es una actividad intrínsecamente peligrosa para la salud física y la mental por desarrollarse en un entorno hostil.
Cada semana de trabajo debería alternarse con una de descanso, aunque parece que la regulación horaria no va con el trabajo offshore ni las políticas empresariales, donde no se aplica la Directiva Europea sobre Tiempo de Trabajo (2003/88/CE), como denuncian las organizaciones sindicales de diversos países.



martes, 23 de junio de 2015

Las bacterias existen

Cada día somos más propensos a involucrarnos con los mundos virtuales. Sin embargo, no conviene perder de vista la realidad cotidiana. Puede sonar a perogrullada, pero no está de más recordar de vez en cuando que las bacterias no sólo existen, sino que incluso coexisten alojadas en nuestro propio organismo, que actúa como huésped, además de estar presentes en el medio natural (cadena trófica) y, sin duda, el laboral. Por fortuna, nuestro sistema inmunológico nos defiende. Cuando no es así, una bacteria tan insignificante como omnipresente como es la listeria se convierte en un foco de enfermedad con posibles consecuencias fatales.



Manipulación de alimentos
La humanidad dio un paso aséptico cuando empezó a cocinar los alimentos, pues la temperatura los esteriliza. Sin embargo, el mismo proceso de elaboración entraña riesgos para los trabajadores de la cadena alimentaria. Investigaciones recientes han revelado que la listeria puede instalarse en los mataderos y en los establecimientos que procesan la carne, la leche o el pescado. Pero tampoco están libres de sufrir este patógeno las fábricas de procesado de frutas y verduras, cocinas industriales y servicios de catering.
La listeria puede transmitirse a los humanos a través de la ingestión de alimentos contaminados, así como en cualquier fase de la cadena alimentaria, durante la producción agropecuaria, el procesamiento, la distribución, y preparación para el consumo. De todos modos, muy pocos de los infectados por la bacteria desarrollan la enfermedad, aunque ésta está en expansión. Ante la evidencia del avance de la listeriosis, la OMS ha incluido a la listeria en la nómina de ‘enfermedades de estudio’. 
La listeria puede provocar una 
grave infección del Sistema Nervioso Central (SNC), que degenera en cuadros de meningitis, con una rápida evolución
La listeriosis provoca dos cuadros clínicos diferentes: la gastroenteritis o la acción invasiva. El primero puede presentarse en portadores que se mantienen asintomáticos (2-5%), o portadores con afecciones gastrointestinales en un rango que va desde moderado a severo. El cuadro invasivo cursa con una sintomatología inicial de fiebre, calambres abdominales, diarrea, fatiga, dolor de cabeza y dolor muscular.

El reservorio de la listeria
Estos microorganismos encuentran en los alimentos el reservorio ideal para multiplicarse, y las actividades propias de la industria alimentaria facilitan su dispersión, a veces, en forma de bio-aerosoles (nieblas de contenido biológico dispersas en el aire). Algunos son patógenos oportunistas o pueden generar procesos de sensibilización.
Las vías de entrada son el contacto con la piel y las mucosas, la penetración a través de heridas, mordeduras, arañazos, pinchazos o cortes con materiales corto-punzantes (cuchillos, huesos astillados, etc.), la ingestión como consecuencia de malos hábitos higiénicos y la inhalación de bio-aerosoles. La primera manifestación de la listeriosis es una sepsis o septicemia, cuyo significado literal es “podredumbre”, condición que se da por la  invasión del caudal sanguíneo, y tiene manifestaciones poco específicas como el estado febril. Caso de progresar la enfermedad, se produce una infección del Sistema Nervioso Central (SNC). Esta grave infección degenera en cuadros de meningitis, que tienen una rápida evolución (sólo días). Los signos de alarma son el dolor de cabeza, fiebre alta y, sobre todo, la rigidez de nuca, todo un clásico en esta enfermedad.
La prevención básica –ya sea en mataderos u otros centros de trabajo con riesgo de presencia de la bacteria- es la utilización de protecciones para la piel y los ojos (básicamente guantes y gafas protectoras, pero también otros equipos de protección -pantallas faciales- según sea la actividad), así como ropa de trabajo que cubra la mayor parte del cuerpo y mandil impermeable.

Las bacterias existen

Cada día somos más propensos a involucrarnos con los mundos virtuales. Sin embargo, no conviene perder de vista la realidad cotidiana. Puede sonar a perogrullada, pero no está de más recordar de vez en cuando que las bacterias no sólo existen, sino que incluso coexisten alojadas en nuestro propio organismo, que actúa como huésped, además de estar presentes en el medio natural (cadena trófica) y, sin duda, el laboral. Por fortuna, nuestro sistema inmunológico nos defiende. Cuando no es así, una bacteria tan insignificante como omnipresente como es la listeria se convierte en un foco de enfermedad con posibles consecuencias fatales.


viernes, 19 de junio de 2015

El tóner y el ‘pulmón de oficinista’

Quien considere la oficina como lugar seguro, debe ir cambiando de idea. La calidad del aire interior representa un problema de salud. La atmósfera de la oficina (continente) puede estar contaminada por múltiples sustancias vinculadas al contenido. Por ejemplo, el mobiliario, suelos y revestimientos (vapores de formaldehido), tapizados y otros materiales sintéticos, productos químicos, tóner. Este cóctel de polución ambiental afecta a la salud de los trabajadores, que desarrollan el síndrome de lo que se ha etiquetado como “pulmón de oficinista”, pero que no es un asunto nuevo, sino que existe desde el despegue de la reprografía.



Productos químicos en la oficina: tóner
La oficina es un reservorio de sustancias aerodispersas donde se mezcla el olor de los rotuladores, tintas, pegamentos, líquido corrector, el tóner de las impresoras y otros productos químicos susceptibles de emitir vapores a temperatura ambiente, y causar síntomas similares a la inhalación de formaldehido (compuesto orgánico presente en pinturas, barnices, disolventes, etc.). Entre los potenciales agresores ponemos el foco en las tintas en polvo (tóner). 
Nunca deben emplearse brochas, pinceles o soplar sobre el polvo de tóner residual depositado en los cartuchos, porque, en ese caso, las micro-partículas quedan dispersas en el aire
 Su composición incluye hasta un 85% de una resina plástica (polímero), que tiene la función de aglutinante, con bajo punto de fusión; un 10% de negro de humo, pigmento utilizado desde épocas remotas para obtener el color negro; el resto son agentes electrostáticos que intervienen en la transferencia de cargas que permiten la formación y migración de la imagen entre el tambor y el papel (impresión).
Las partículas de tóner tienen una granulometría (diámetro) que oscila entre 10 y 20 micras.  Ejercen efectos irritantes y sensibilizantes sobre las vías respiratorias: estornudos, tos crónica, irritaciones en la piel y ojos e, incluso, dolores de cabeza. Como micro-partículas, son muy inhalables, y tanto más nocivas cuanto más pequeñas son.
Un estudio australiano (2007) concluye que las impresoras láser liberan partículas muy pequeñas de tóner en el aire y pueden ser inhaladas profundamente en los pulmones, lo que representa un potencial de riesgo para la salud, causando –en el mejor de los casos- cuadros alérgicos.

De todos modos, desde hace décadas existe constancia epidemiológica del alto índice de morbi-mortalidad entre trabajadores cuyo puesto de trabajo estaba en la proximidad de máquinas fotocopiadoras. Ello llevó a la firma inventora de la xerografía a buscar alternativas al tóner en polvo.
Recientemente, la Administración de Finanzas de NRW (Nordrhein Westfalen), “Land” de Alemania, con 137 centros y más de 18.000 impresoras y copiadoras láser, desarrolló pruebas que ratificaban los efectos nocivos del tóner emitido por la maquinaria y su elevada incidencia en el absentismo laboral por enfermedad.

El citado estudio, conducido por el Instituto Landesgewerbeanstalt Bayern (LGA),  establecía como requisito para limitar las emisiones de impresoras-copiadoras su limpieza frecuente. Asimismo, desarrolla un protocolo para la limpieza por parte de los usuarios, debiendo usar una aspiradora con filtro de partículas HEPA (alta eficacia). Nunca deben emplearse brochas, pinceles o soplar sobre el polvo de tóner residual depositado en los cartuchos, porque, en ese caso, las micro-partículas quedan dispersas en el aire y son inhaladas por los trabajadores.

Potencial nocivo
Basta decir que el tóner no es una sustancia inocua, como lo demuestra el hecho de que debe contar con su FDS (Ficha de Datos de Seguridad). En la misma se hace constar que la IARC (Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer) considera el negro de humo como carcinógeno del grupo 2B para humanos.

Entre las dolencias inducidas pueden citarse las neumopatías granulomatosas (afectación del pulmón con tumoración), adenopatías con afectaciones pleurales y, en definitiva, enfermedades del aparato respiratorio. Como alérgeno, el tóner es responsable de la aparición de mucosidad en la nariz, picor de ojos y paladar e incluso erupciones cutáneas, alterando el sentido del olfato, la vista, el gusto y el tacto. La primera reacción alérgica es la hipersensibilidad, la segunda puede ser fatal si se presenta el shock anafiláctico (respuesta inmunológica intensa cuando el alérgeno accede al sistema circulatorio).

El tóner y el ‘pulmón de oficinista’

Quien considere la oficina como lugar seguro, debe ir cambiando de idea. La calidad del aire interior representa un problema de salud. La atmósfera de la oficina (continente) puede estar contaminada por múltiples sustancias vinculadas al contenido. Por ejemplo, el mobiliario, suelos y revestimientos (vapores de formaldehido), tapizados y otros materiales sintéticos, productos químicos, tóner. Este cóctel de polución ambiental afecta a la salud de los trabajadores, que desarrollan el síndrome de lo que se ha etiquetado como “pulmón de oficinista”, pero que no es un asunto nuevo, sino que existe desde el despegue de la reprografía.



jueves, 18 de junio de 2015

Autopsias: nulo 'glamour' y mucho riesgo

Algunas series televisivas han conseguido hacernos convivir con lo que vamos a llamar ‘dimensión necrológica’ con aparente normalidad. Nunca han faltado en las pantallas seriales de ‘zombies’ y muertos vivientes, que pasean por ciudades desiertas, u otras aproximaciones cinematográficas al trabajo de los patólogos (forenses o clínicos) que  practican –en las pelis- necropsias a cadáveres con el mismo entusiasmo que un chef podría poner en la preparación de un plato-delicatessen.



Autopsias: nulo ‘glamour’ y mucho riesgo

Algunas series televisivas han conseguido hacernos convivir con lo que vamos a llamar ‘dimensión necrológica’ con aparente normalidad. Nunca han faltado en las pantallas seriales de ‘zombies’ y muertos vivientes, que pasean por ciudades desiertas, u otras aproximaciones cinematográficas al trabajo de los patólogos (forenses o clínicos) que  practican –en las pelis- necropsias a cadáveres con el mismo entusiasmo que un chef podría poner en la preparación de un plato-delicatessen.



No cuestionamos que muchos patólogos puedan disfrutar con su trabajo científico al desentrañar los secretos de la muerte que se encuentran ocultos en un cuerpo sin vida. En cualquier caso, lejos de los edulcorados modelos de cartón-piedra televisivos, las necropsias (o autopsias) no tienen ningún encanto, además de concentrar una lista de riesgos que –cualitativa y cuantitativamente- provocan, en el mejor de los casos, alarma y prevención.

Proceso crítico
Entre los profesionales (médicos patólogos y forenses) la idea más común es que “la autopsia es uno de los procesos críticos desde el punto de vista de la seguridad y salud”. Al llevar a cabo esta práctica, los médicos, técnicos y personal subalterno que interviene está expuesto a riesgos como sobreesfuerzos, cortes con herramientas, contactos eléctricos, caídas, exposición a agentes quimicobiológicos, y a radiaciones ionizantes.
Desarrollarlos todos será objeto de un reportaje extenso en la revista Protección Laboral, por lo que este ‘post’ se limitará a dar unas pinceladas sobre los riesgos químico-biológicos, además de querer combatir una imagen ‘glamourosa’, que poco o nada se corresponde con la realidad. 
Las exposiciones prolongadas a bajas concentraciones de formaldehido pueden provocar irritación ocular, inflamación palpebral y erupciones 
·Contaminantes quimicobiológicos en las autopsias
Los cadáveres sometidos a la necropsia ocasionan el derrame abundante de fluidos biológicos que, además de contaminar el área de trabajo, pueden provocar resbalones y caídas. Sin embargo, su carga más nociva es la biológica, con la posible transmisión de enfermedades como la hepatitis B o C, tuberculosis, SIDA, etc. Por citar algún ejemplo, en España tenemos que lamentar la muerte de un patólogo que contrajo en la mesa de disección la enfermedad de las vacas locas. En el caso de los misioneros muertos recientemente por ébola, no se practicaron las autopsias porque los protocolos de bioseguridad lo prohíben expresamente.
El responsable del riesgo químico en las autopsias es el formaldehido, parte constituyente de las soluciones de formol. Este clásico, omnipresente en los ambientes medico-científicos, se emplea para conservar tejidos u órganos; además de inyectarse directamente en los cadáveres para enlentecer la putrefacción.
Basta decir que dicha sustancia tiene la consideración de carcinógeno por parte de la Organización Mundial de la Salud, si bien no existe un amplio consenso al respecto. Al margen de las clasificaciones, el hecho concluyente es que las exposiciones prolongadas a bajas concentraciones de formaldehido pueden provocar irritación ocular, inflamación palpebral y erupciones. La inhalación de vapores puede ocasionar tumores en las vías respiratorias. Las soluciones acuosas son muy irritantes, siendo la causa de dermatitis y quemaduras.
Como ocurre con los fluidos biológicos, un cadáver también puede liberar efluentes químicos. Pensemos en el potencial tóxico (en la sala de autopsias) de un cuerpo que haya sido envenenado con cianuro.
Los agentes quimicobiológicos asociados a las necropsias pueden contaminar a los patólogos y resto de personal por contacto e inhalación, fundamentalmente. De ahí la importancia de contar con salas equipadas con sistemas de ventilación y extracción del aire, ‘arte’ que –como ya hemos dicho en alguna ocasión- no consiste en la mera instalación de ventiladores. Otras medidas complementarias son: empleo de recipientes herméticos para el formaldehido, reducción al mínimo de los niveles de exposición (excesivamente altos, según estudios), y control médico del personal expuesto. Por cierto, la mascarilla quirúrgica que usa el médico protege, en todo caso, al cadáver, pero no a su portador, por lo que no sirve de nada.

Ante la banalización de la dimensión necrológica en nuestra sociedad, nos sumamos a la línea de pensamiento que reivindica unas condiciones de seguridad y salubridad para quienes deben hurgar en las entrañas de la muerte por motivos laborales.

miércoles, 17 de junio de 2015

Intoxicación digital

¿Somos felices hoy (2015)? ¿Estamos mejor que otras generaciones que nos precedieron?
Nos vamos a dormir con el móvil (comprobando whatsapp, correo u otros); quizás ha sido la tableta –más raramente el ordenador portátil- los que nos han dado las ‘buenas noches’ con el titilar de sus pantallas y el afloramiento incansable de datos. Vivimos poli-informados y poli-violentados.

El wi-fi de nuestro dispositivo detecta en la cabecera de la cama ‘tropecientas’ redes; algunas tienen incluso mayor intensidad de señal que nuestra propia red doméstica. Las radiaciones electromagnéticas de ese entramado invisible de electricidad sucia son las que “velarán nuestro sueño”. Por supuesto, nos cuesta conciliarlo, y ya sabemos por experiencia que no va a ser reparador.  
Despertamos cansados. El despertador se jubiló gracias al móvil. Paramos la alarma y, como tenemos nuestro Smartphone en la mano, lo consultamos. No sabemos exactamente qué buscamos; es una inercia compulsiva la que nos impele por aplicaciones y pantallas sin haber puesto los pies en el suelo.



Estamos en el trabajo. El ordenador nos mantiene comunicados con el ciber-mundo. Entran y salen correos electrónicos mientras trabajamos –o lo intentamos- con nuestra aplicación principal. Recibimos notificaciones de Facebook y de Linkedin y, casi sin querer, nos salimos de nuestro guión y ya estamos leyendo comentarios y contestando comentarios como posesos. “La gente debe aburrirse mucho, para estar siempre emitiendo y re-emitiendo en las redes…”, pensamos. Pero el dedo se nos desliza en el ratón.
Mientras tanto nuestro Smartphone no permanece ocioso, la aplicación de whatsapp está abierta y han entrado varios mensajes de nuestros contactos, junto con una ración extra de mensajes de nuestro grupo preferido… Además, alguno de los corresponsales es de los impacientes y pretende que lo pospongamos todo para contestar a la velocidad del rayo. Los efectos de la cafeína empiezan a diluirse y sentimos que navegamos en un mar proceloso de bits y que no sabemos exactamente qué hacemos, ni por qué estamos enfrascados en una batalla tan desigual, además de estéril.
“¿Se acabaría el mundo si practicase un mutis digital?”. Pero no nos atrevemos. Seguimos on-line mientras intentamos hacer algo de trabajo productivo en nuestro ordenador. El síndrome de las ventanas abiertas (diversas aplicaciones de Windows ejecutándose en paralelo) ya no es nada en comparación con nuestro síndrome actual de la multi-conexión (multi-dispositivo) permanente y poli-tóxica. Siempre tenemos que estar disponibles: nos sentimos víctimas, pero somos incapaces de abortar el flujo de megabytes en circulación.

Hemos caído en el “Phubbing” y estamos ignorando a los que comparten nuestro entorno físico para prestar atención a otros seres ‘autistas’

Adicción-frustración
La compulsión digital deja paso a la frustración: nuestro trabajo real no avanzó mucho, pero nos sentimos terriblemente cansados y nuestra cabeza está próxima a la ebullición. Nos resistimos a creer que nos hemos convertido en adictos a la comunicación por internet, pero hay signos evidentes:
-Dependemos de los dispositivos electrónicos, en especial el Smartphone. Ya dudamos de la viabilidad de la vida sin él.
-Nos pone de los nervios quedarnos sin batería, lo que provocaría la caída de todas las comunicaciones y el vínculo con el ciber-mundo.
-Lejos de mejorar, nuestra relación social real se estanca o retrocede. Hemos caído en el “Phubbing” y estamos ignorando a los que comparten nuestro entorno físico para prestar atención a otros seres ‘autistas’ y situados lejos de nuestro espacio físico. Antes en una reunión, en torno a la mesa, por ejemplo, solíamos disfrutar de una conversación con los otros comensales. Ahora cada uno departe con fruición con lejanos partners, totalmente ajeno al amigo-compañero que tiene a su lado.
En definitiva, estamos sustituyendo los amigos reales por los partners digitales. En plena revolución de las comunicaciones hemos caído en el aislamiento autista (eso sí, un aislamiento en comunicación permanente con el ciber-mundo).
Pero, ¿tiene todo esto algo que ver con la salud laboral? Sin duda: todo lo que afecta a nuestra salud –sólo hay una- afecta al rendimiento laboral, la satisfacción personal y la calidad de vida, que se encuentra en retroceso. No es alarmismo pronosticar que, dentro de poco, los hospitales de referencia van a tener que abrir unidades especiales para el tratamiento de la adicción digital, igual que existen las unidades de ludopatía, deshabituación tabáquica o alcoholismo.

El ‘asalto digital’ de cada día
La adicción digital es un ‘ladrón’. Nos roba tiempo y salud. Nuestra jornada laboral fue poco productiva y, además, estresante. Las maquinitas nos han dominado y coartado la libertad. No hemos hecho lo que queríamos hacer, ni todo lo que teníamos que hacer… Nuestras cervicales están rígidas, los ojos resecos y cansados, los dedos (o zonas de la mano) empiezan a sufrir parestesias (entumecimiento y hormigueo). “¿Qué estoy haciendo con mi salud?” –nos preguntamos entre whatsapp y whatsapp.
Al día siguiente vuelta a empezar. Nos preparamos sin fuerzas para un nuevo ‘asalto digital’. Este tóxico conductual que está imponiendo la ‘sociedad de la información’ mal entendida puede acabar con nosotros, y ya lo vamos captando. La noche anterior, mientras esperábamos que el sueño nos liberase de nosotros mismos, llegamos a pensar que, en cualquier época pasada, la humanidad fue más libre que ahora –y puede que hasta más feliz.

¿Hasta cuándo podremos hacer frente al ‘asalto digital’ diario?

Quizás necesites una desintoxicación digital (leer más)

Intoxicación digital

¿Somos felices hoy (2015)? ¿Estamos mejor que otras generaciones que nos precedieron?
Nos vamos a dormir con el móvil (comprobando whatsapp, correo u otros); quizás ha sido la tableta –más raramente el ordenador portátil- los que nos han dado las ‘buenas noches’ con el titilar de sus pantallas y el afloramiento incansable de datos. Vivimos poli-informados y poli-violentados.

Hemos caído en el “Phubbing” y estamos ignorando a los que comparten nuestro entorno físico para prestar atención a otros seres ‘autistas’